miércoles, 3 de agosto de 2011

Despedida a Mario Abel Amaya por Raúl Alfonsín



…Venimos a despedir a un amigo entrañable… Un amigo valiente que no sabía de cobardías. Un amigo altruista que no conocía el egoísmo. Un hombre cabal, de extraordinaria dimensión humana, encerrada en un cuerpo de salud precaria. Pero venimos también a despedir a un distinguido correligionario, a un hombre radical, a un hombre de la democracia, que no la veía constreñida a las formalidades solamente, sino que la vitalizaba a través de la participación del pueblo para poner el acento en los aspectos integrales, en los aspectos sociales.



Y venimos también –agregó el Dr. Alfonsín- a despedir a un hombre calumniado, infamemente calumniado, juntamente con otro correligionario que está sufriendo una cárcel que nadie se explica: Hipólito Solari Yrigoyen. Se pretende tergiversar el sentido de la lucha de estos dos extraordinarios correligionarios, cuyo único pecado es pretender solucionar los problemas de los desposeídos, cuyo único pecado es sostener con Yrigoyen la defensa del patrimonio nacional…



Ruego a Dios que haga que el alma de Mario Abel Amaya descanse en paz. Ruego a Dios que permita sacarnos cuanto antes de esta pesadilla, de esta sangre, de este dolor, de esta muerte, para que se abran los cielos de nuevo; que en algún momento podamos venir todos juntos a esta tumba con aquellos recuerdos agridulces y recordar el esfuerzo del amigo y poder decirle que se realizó, que dio por fin sus frutos.



Raúl Alfonsín, 1976



Tomado de Enrique, Pereira (2007). «Amaya, Mario Abel», en Diccionario Radical, post del 21 de septiembre de 2007.

domingo, 3 de julio de 2011

El Romance Elegíaco: En la muerte de Hipólito Yrigoyen - Arturo Capdevila


Visión de la patria mustia:
De guardia a su puerta el pueblo.
Que está agonizando, dicen,
Aquel titánico pecho.
Como señal de verdad,
Grises, nublados los cielos;
El aire, sabor de llanto;
Y la luz, color de duelo.
Que está agonizando, dicen,
Aquel titánico pecho…
Y en eso que entró la noche,
Susurro que avisa: Ha muerto.

Pasó un frío por las frentes,
Un frío de gran misterio.
Cerraron las mudas puertas,
Arriba el balcón abrieron.
Dijo una voz:
- ¡Argentinos!
En este momento ha muerto.
Pasó un frío por las almas;
Fue como un frío de acero.
Canción de patria se oyó.
Después enorme silencio.
¡Era caído el titán
Entre los brazos del pueblo!

Luego, como si llorase,
Estuvo el cielo lloviendo
Aciaga llovizna triste:
Llanto funerario y lento.

Visión de la Patria en vela:
Por toda la noche el pueblo
Volando la oscura calle
Con cirios de un fuego trémulo.
Al filo de medianoche,
Llamas de antorchas al viento.
Gente de hinojos orando
Y el Himno como otro rezo.
No sólo rezan por él;
También por cívicos duelos
En la procesión de sombras
Llorada de cirios trémulos.
El cielo bajó a la tierra;
A la tierra bajó el cielo:
Que así parecen estrellas
Las luces de aquel misterio.
Y una dulce niña rubia
-marfil el rostro sereno,
azules de amor los ojos,
hebras de oro su cabello-
Entre las sombras avanza.
El paso callado y lento
Como viajera sonámbula
Por los confines de un sueño.
Temblando brilla una lágrima,
Temblando en sus ojos buenos.
Todos le abrían camino;
Todos camino le abrieron:
Y pensaban: Es la Patria
Que va llorando a su muerto…
Visión de la Patria en vela:
Cirios y hachones al viento.

Visión de la Patria en marcha.
Por todas partes el pueblo.
Río sin igual la calle,
Cosa sin nombre el cortejo.
Como en barca funeraria,
Como en una barca el muerto.
Ritual egipcio parece
Del sagrado Egipto viejo:
Que el ataúd en que duerme
En hombros lo lleva el pueblo;
En hombros para mecerle,
Para irle meciendo el sueño,
Bien como en barca que flota
Sobre las olas del tiempo.
Visión de la Patria en marcha:
Por todas partes el pueblo.

Sobre las olas humanas
Flota la barca del féretro
Y están vestidos de luto
Sobre la ciudad los cielos.
Así marchan, así marchan
Los soldados de ese ejército
Que hacia la historia caminan
Ya con la gloria del muerto.
No doblan campanas, no,
Ni bate el tambor los ecos.
Corazones, corazones,
Éstos solos van haciendo
De tambores funerarios
Y bronce que toca a muerto.

Por la calle del Callao
Ya quiere entrar el cortejo,
Y el río se vuelve mar
Por la Plaza del Congreso.
¡quién te ha visto y quién te ve,
Plaza de aquel 6 funesto!
Por la calle del Callao
Ya va pasando el cortejo.

Batallones, batallones,
Regimientos, regimientos,
Así fueran ciento y mil,
No formaran este inmenso
Desfile de eternidad,
Que a sus solas forma el pueblo.
Por la calle del Callao
Pasa que pasa el cortejo
Se enluta en crepón el día
Y el himno cantan por rezo.
De esta suerte va pasando
Aquella barca del féretro,
Entre una lluvia de flores
Y un tremolar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Descansando de empeño
de haber soñado grandezas
entre los hombres pequeños.
¡Alza, pueblo! Así dijisteis.
Yo te llevaré muy lejos.
Quiero que se cumplan todas
Las promesas que te hicieron,
Y se te den como mandan
Cien sagrados testamentos,
Las cosas que te legaron
Rivadavias y Morenos…
¡Ay Hipólito Yrigoyen,
De haberlo hecho fuisteis reo!...
Señor de Martín García…
Libertador prisionero…

Y el pueblo lo va llevando;
Y el Himno es salmodía y rezo.
Después se apagan las voces,
Después se callan los pechos;
Y el ataúd pasa entonces,
Entre abismos de silencio,
Bajo ese llover de flores
Y aquel nevar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Soñando el último sueño;
Con la Patria lo soñais
Entre laureles perpetuos.
Se acabaron mezquindades
Y acabóse al fin el pleito;
Aquel pleito que os movían
Los oscuros leguleyos,
Los que decían a coro
- ¡esos alborotapueblos!

Que buen alcalde no fuisteis,
Que mejor lo fueron ellos…
Por eso os movían pleito,
Porque os querían alcalde,
Y Dios no os puso para eso,
Sino por centella viva
Y relámpago del cielo.
El destino que cumplisteis,
De una vez decirlo quiero.
Dios os puso por segura
Señal entre los senderos,
Por tiempo de encrucijada
Sobre la cruz de los tiempos.
Entre naciones en llamas
Pasó con vos este pueblo,
Y en el incendio del mundo
Fue respetado del fuego:
Que así soñabais concordias
Para futuros excelsos,
Pastor de las muchedumbres
Y albacea ante los pueblos
De las cosas que legaron
Rivadavias y Morenos.

Y el ataúd va pasando,
-aquella barca del féretro-
Entre una lluvia de flores
Y un tremolar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Descansando en sueño yerto
De tantos duros agravios
Duros agravios protervos…
Todos los muertos que duermen,
Duermen bien como los muertos,
Con los dos ojos cerrados
En la gran paz de su sueño.
Vos no durmáis como duermen
Su sueño postrer los muertos,
Señor de Martín García
Libertador prisionero…
¡Dormidlo con un solo ojo,
El otro ojo quede abierto,
Para que nadie se atreva
Con el Libro de los Sellos,
Con el Arca de la Alianza,
Con la libertad del pueblo!

Forjadores de cadenas,
Cadenas le prometieron.
Se la quieren ajustar
Sobre los flancos sangrientos…
¡Vos no durmáis como duermen
Su sueño postrer los muertos!

Y el ataúd va llegando
Sobre los hombros del pueblo
Hasta el frío de la fría
Nieve del último lecho.
¡Caed, postrimeras flores!
¡Volad, postreros pañuelos!

Y ahora oíd, ciudadanos,
El mandato de este verso:
Altar de la Democracia,
La casa donde él ha muerto;
Y allá al frente, donde veis
El cabal espacio abierto,
Su monumento mañana,
Todo de mármol eterno:
Un espanto de tiranos
Y una redención de pueblos!


Poema completo trascripto por Correligionario Merlo del libro Musa Civica de Arturo Capdevila. Impreso En 1951.

sábado, 25 de junio de 2011

Excelentísimo señor Vicepresidente de la Nación, doctor Pelagio B. Luna. (Dr. Arturo de la Vega)


“La parca inexorable, que nada respeta y todo lo arremete con su violencia furiosa, acaba de arrebatarnos del seno de la patria a uno de sus hijos mas predilectos, a un invicto y preclaro ciudadano, el Excelentísimo señor Vicepresidente de la Nación, doctor Pelagio B. Luna.”

“El espíritu humano, en sus recogimientos más íntimos, se subleva ante el rigor de las leyes de la naturaleza, y ante la fatalidad y lo irremediable, no puede menos que estallar en una protesta solemne, elocuente y sublime, como blasfemando contra estos designios tan injustos de la Providencia.”

“Pero ¿qué vale la materia ante la inmortalidad de la psiquis?...”

“Señores: el doctor Pelagio B. Luna no ha muerto. Vivirá eternamente en la memoria de todos los argentinos y también de los extranjeros, porque ha tiempo ya que su nombre ha sido grabado con signos indelebles en las páginas de oro del gran libro de la gratitud nacional, como uno de los benefactores más sacrificados por el progreso y bienestar de la patria, como uno de los propulsores más esforzados de las instituciones libres y como uno de los exponentes más elevados de la energía moral en la lucha incesante por el porvenir de las generaciones presentes y venideras.”

“Descendiente de noble estirpe, de familia patricia, supo engrandecer los prestigios de su apellido con una vida austera y ejemplar, en virtudes cívicas y en carácter.”

“En las aulas de la facultad de derecho de la universidad de Buenos Aires se impuso desde los primeros años por su talento e ilustración.”

“Egresado con el título de doctor en Derecho y Ciencias Sociales muy joven, regresó a su provincia, donde su estudio jurídico se destacó como mejor ante sus comprovincianos.”

“Dictó con probada eficiencia la cátedra de Literatura en el Colegio Nacional.”

“En la judicatura desempeñó los principales cargos, desde juez hasta vocal del Superior Tribunal, puestos a los que fue llevado para honor y bien de esta Provincia.”

“Siempre las tareas más difíciles le han sido encomendadas por lo gobiernos pasados a pesar de sus ideas políticas contrarias, porque el doctor Luna para La Rioja era su padre tutelar, consejero del gobierno en las cuestiones arduas de interés colectivo, y consejero del pueblo.”

“Así, representó a la Provincia en sus litigios de límites territoriales con las demás, y cada vez que se trataba de hacer ahí estaba de hacer un bien a la sociedad, ahí estaba el doctor Luna dispuesto a los mayores sacrificios, con tal de ser útil a sus comprovincianos, con una elevación de miras que ha sido proverbial en su persona.”

“Practicaba el culto del bien a los demás, con la misma religiosidad que al Dios de sus sentimientos más íntimos, y en obsequio a ello jamás reconoció obstáculos ni dificultades.”
“Desde el más rico que habita su mansión opulenta hasta el más pobre y humilde que mora en su choza o rancho azotado por el vendaval, han recibido sus servicios y sus consejos, encontrando siempre en él un benefactor gratuito y desinteresado. A todos ha hecho el bien. A ninguno ha hecho mal.”

“No habrá riojano, por más degenerado que sea en sus pasiones, capaz de contradecir esta afirmación que es, en realidad, axiomática.”

“Siempre el desvalido encontraba en él su mano generosa para aliviarse de la miseria y el potentado, al jurisconsulto íntegro, consumado y capaz para defender sus intereses, apartarlo del error y endilgarle por el recto sendero de la verdad.”

“Desde que el radicalismo empezó a bosquejarse en los horizontes del país, desde sus primeros albores, el doctor Pelagio Luna se alistó voluntariamente en sus filas y abrazó la bandera del Parque con el fervor de un convencido y con las esperanzas de un visionario.”

“La idea mater del radicalismo irradió su cerebro lo mismo que los primeros rayos del astro rey destellan primero sobre las altas cumbres, para después derramarse sobre las dilatadas llanuras.”
“Con el estoicismo y la energía de un predestinado, predicó su credo político ante el descreimiento de propios y extraños en las épocas más rudas y positivistas del régimen pasado, haciendo abstracción de toda clase de peligros, como un cruzado de la libertad, como un caballero andante medieval, escudado en su fe y en la austeridad de sus principios.”

“De un extremo a otro de la provincia se cruzó haciendo por su palabra cálida y convincente; y hasta en el último rincón de la montaña era conocido, querido e idolatrado, porque nació para hacerse querer, era un talismán que atraía todas las voluntades. Su verbo de redención a todos convertía.”

“De cualidades indiscutibles de caballero íntegro, la aureola de su honradez y dignidad imponía; y las sospechas maliciosas de sus enemigos más empedernidos, se estrellaban ante las virtudes de hombre ejemplar.”
“Como hombre superior supo darse perfecta cuenta del porvenir de la patria y en homenaje y holocausto a ella, dedicó los mejores años de su vida, sus sacrificios, sus desvelos, el calor de su juventud y su experiencia de estadista, hasta lograr fundar la Unión Cívica Radical en esta provincia y hacerla una fuerza incontrastable y preponderante.”

“Como eximio conductor de muchedumbres, consiguió llevar al partido al éxito más de una vez; y aunque el triunfo le era arrebatado y desconocido por las fracciones contrarias, nunca desmayó ni un momento; siempre se mantuvo firme y luchaba cada día con más tesón, con más entereza, con la paciencia de un misionero.”

“Radical de aristas bien definidas e inconfundibles, de conciencia y de convicciones, practicaba lo que predicaba, alentaba con su ejemplo y su palabra, sosteniendo bien alto el pendón del partido, no defeccionando nunca, ni aún en las mayores adversidades.”

“Enalteció a la juventud honesta, fuerte y capaz y la encaminó por el sendero de la dignidad cívica, librándola de la corrupción de las épocas más crudas del achatamiento político y moral.”

“Ese es el hombre que se va; el que templó su individualidad y la de su agrupación en el crisol de los más nobles renunciamientos, de los mayores esfuerzos y de las más ponderables virtudes; el que admirando en silencio de su pueblo la montaña pétrea y dura que se levanta ante nuestra vista y la dilatada llanura que tranquila se extiende a sus ies,llegó a armonizar en la culminación más pura de su espíritu los ideales más amplios y elevados con las manifestaciones más férreas de su energía moral; el esforzado paladín de las libertades públicas, que con la fe y la seguridad de un visionario, supo conducir a la democracia argentina, con otros prohombres del partido, hacia la realización de sus más nobles aspiraciones y hacia el perfeccionamiento de sus más preciados atributos.”

“El nombre del doctor Pelagio B. Luna atravesó bien pronto los límites de la Provincia y su prestigio flotaba en la conciencia nacional; no hizo escalas en su vida política y como un privilegiado del destino, se levantó de un solo vuelo como las águilas para ocupar la segunda magistratura de la República.”

“Los próceres de Mayo con su espada y con su sangre nos dieron patria, libertad exterior. Los varones de la nueva era como el doctor Luna, Alem, del Valle y otros, con su pluma vibrante, con su patriotismo y con su verbo, han completado esa obra ciclópea, dándonos libertad política, instituciones libres y democracia de verdad, y por consiguiente, la definición de nuestra nacionalidad.”

“La muerte de este ínclito ciudadano es una gran pérdida nacional, que nunca acabará de ser llorada, máxime en las actuales circunstancias, en que el avance borrascoso de las ideas anárquicas amenazan nublar el cielo de la patria.”

“El doctor Luna, como buen organizador, era uno de los capaces de despejarlo, haciendo un gesto de repúblico, porque tenía toda la contextura del verdadero hombre de Estado.”
“Queda su nombre inmaculado como un símbolo tradicional de energías y de altiveces ciudadanas; y ha de tremolar een el ambiente nacional como un emblema de virtudes cívicas, de carácter y de intelectualidad, para honor del país y para ejemplo e inspiraciones de las generaciones futuras.”

“En la cruzada de la reparación y en la cima de la evolución política argentina, su imagen ha de perdurar como el cristo de la redención institucional.”


“Vuelve a descansar eternamente en el silencio de la aldea desde la cual partió, al pie de la montaña que lo vio nacer y la que ha de servir de marco a su sepulcro y a la ciudad de sus ensueños.”


“Doctor Pelagio B. Luna: en nombre de la Unión Cívica Radical de la provincia de La Rioja vengo a daros el postrer adiós, derramando sobre tu tumba las flores más preciosas de nuestra existencia, impregnadas de las lágrimas y del dolor que tu desaparición nos ha causado, para que formen la corona que ha de cubrir tus sienes en tu marcha ascensional hacia lo infinito.”

Justificar a ambos ladosExtraído del libro editado por el Ministerio del Interior “Dr. Pelagio B. Luna Vicepresidente de la Nación 1916-1919 In memoriam”, Buenos Aires, 1920, págs. 125/12. Foto procesada por Alan Pavón y Correligionario Merlo.

sábado, 18 de junio de 2011

Con el esfuerzo común lograremos salvar a la República (Carlos Humberto Perette)


"Para que el futuro se presente promisorio y lleno de luz y de decoro, es necesario que todos, absolutamente todos, estemos dispuestos a convivir en la democracia con los derechos que ella impone. No puede haber democracia solamente para vivir de sus beneficios, pero para renunciar de sus sacrificios. Esta es una hora excepcional del país. Lo hemos recibido en crisis total, y podremos alcanzar la reconstrucción de la República en la medida en que logremos imperar un principio de patriotismo puro y noble que piense en la República y no en simples parcelas. Yo tengo confianza en la civilidad argentina, como en las fuerzas armadas, en las expresiones de la religión, en la universidad, en la cultura y en la juventud argentina.

Confío que el destino será de la democracia: no puede haber otro destino que no sea el destino de la libertad para todos los argentinos. El país no retrocede ni podrá retroceder. Todos debemos estar dispuestos a marchar hacia el progreso, pero en el ámbito de la dignidad humana, del decoro,de la civilización y de la justicia. Nuestro gobierno está dispuesto a convocar a todos los argentinos en esa tarea. Nadie puede renunciar a su deber. Con el esfuerzo común lograremos salvar a la República."



Vicepresidente Carlos Humberto Perette

Diario El Litoral, Lunes 5 de Abril de 1965. Transcripción Correligionario Merlo.

martes, 14 de junio de 2011

Don Hipólito Yrigoyen por Jorge Luís Borges


Razonar esta convicción de yrigoyenista es empresa fácil. Equivale a pensar ante los demás lo que ya ha pensado mi pecho. Yrigoyen es la continuidad argentina. Es el caballero porteño que supo de las vehemencias del alsinismo y de la patriada grande del Parque y que persiste en una casita (lugar que tiene clima de patria, hasta para los que no somos de él), pero es el que mejor se acuerda con profética y esperanzada memoria de nuestro porvenir. Es el caudillo que con autoridad de caudillo ha decretado la muerte inapelable de todo caudillismo; es el presente que, sin desmemoriarse del pasado y honrándose con él se hace porvenir.

Esa voluntad de heroísmo, esa vocación cívica de Yrigoyen, ha sido administrada (válganos aquí la palabra) por una conducta que es lícito calificar de genial. El fácil y hereditario descubrimiento de los políticos era éste: la publicidad, la garrulidad, la franqueza, provoca simpatía.

El de Yrigoyen es el reverso adivinatorio de aquel y es enunciable así: el recatado, el juramentado, el callado, es también simpático. Esa intuición ha bastado para salvarlo de las obligadas exhibiciones callejeras de la política.

Yrigoyen, nobilísimo conspirador del Bien, no ha precisado ofrecernos otro espectáculo que le de su apasionado vivir, dedicado con fidelidad celosa a la Patria.



Jorge Luis Borges, carta a Enrique y Raúl González Tuñon, Buenos Aires, marzo de 1928.Trascripto por Correligionario Merlo del libro "Yrigoyen y la Gran Guerra" de Carlos Goñi Demarchi, José Seala y Germán W. Berraondo.

domingo, 29 de mayo de 2011

Don Amadeo y Don Arturo (Eduardo César Angeloz)



Hubo dos hombres, por sobre todos, que acuñaron limpia e indeleblemente mi formación cívica: Amadeo Sabattini y Arturo Umberto Illia. He releído, mientras ordenaba papeles para la redacción de estas reflexiones, algunos de los discursos y muchos de los textos de sus decretos y leyes, y mi admiración por Don Amadeo no ha hecho sino acrecentarse. Hablar de su honradez es reiterar casi un lugar común. Mencionar su austeridad en el manejo de los dineros públicos es recrear un paradigma. Pero fue mucho más que un gobernante probo. Tenía visiones de un genuino estadista. Es una desdicha que la República Argentina no le haya tenido en la primera magistratura; él, como Lisandro de la Torre, podría haber generado hechos de profunda transformación en la vida nacional. No pudo ser y esta imposibilidad que para uno de esos ejercicios de imaginación de la historia, tan frecuentes en los diálogos políticos: ¿qué habría sucedido si…?
Le faltó, quizás, esa dosis de buena suerte y probablemente un más afinado sentido de la oportunidad. Pero tenía la intuición genial de los grandes. Presento un solo ejemplo: en 1937, fue el primer gobernante argentino (y probablemente uno de los primeros del mundo) que dictó un decreto declarando de interés provincial los yacimientos de uranio y poniendo bajo control del Estado su extracción. Por entonces, el estudio de las posibilidades energéticas y bélicas de este mineral era materia de restringidos círculos científicos de Europa y los Estados Unidos. Él, desde este rincón del planeta, había entrevisto muy nítidamente el papel fundamental que asumiría en el desarrollo de la ciencia y de la técnica de las décadas siguientes.
Tuvo muchas de esas intuiciones. Quede para otro ejercicio de imaginación, para otro ¿Qué habría sucedido si?, una eventual concordancia Perón – Sabattini. Lo que permanece sólido, inmutable, es un aporte a la causa de la democracia, su lección de gobierno progresista, la humildad de su existencia. Para nosotros, los jóvenes que nos aproximamos frecuentemente a él en busca de consejo, constituía cada uno de nuestros encuentros una lección de alta política. Manejaba los tiempos como un consumado ajedrecista; era amable pero también solía tener lapidarias expresiones para con quienes suscitaban su desprecio.
En Arturo Illia no había lugar para la lapidación del adversario; era tanta su grandeza que parecía estar por encima de la miseria de los hombres, aun cuando, en la intimidad, uno podía percibir las desgarraduras de su alma por las claudicaciones de algunos correligionarios o, sobre todo, por el despeñamiento de la patria hacia la decadencia. Tenía una formación sorprendentemente vasta. Era un lector infatigable, y aun en las agotadoras campañas proselitistas, cuando debía recorrer los cuatro puntos cardinales de la provincia afrontando las penurias de los caminos y las incomodidades de los albergues, siempre se daba tiempo para la lectura. Leía y meditaba. Hablaba pausadamente, y lo que aparentemente era un aire adormecido, exteriorizaba otra cosa: el afloramiento de una introspección creativa, densa y cálida a la vez.
Fue de una honradez tan rígida como la de Sabattini, y creo que ha sido el último de los presidentes argentinos que rehusó utilizar el aparato publicitario del Estado. Entendía que el precepto constitucional de la publicidad de los actos de gobierno se cumplía con los mensajes al Congreso Nacional y con el libre acceso de la ciudadanía a los organismos de ejecución de los planes estatales. En éste sentido, ha de recordarse que durante su gestión presidencial se elaboró el mejor de los planes de desarrollo que se hayan concebido nunca en nuestro país. De haberse alcanzado los objetivos en él propuestos otra sería la realidad argentina; muy otra la calidad de vida los argentinos. Pero esto también pertenece al terreno de las conjeturas.
Lo que está más allá y por encima de cualquier suposición es la realidad concreta, vivible, de su trayectoria política, una lección ejemplar. Nosotros, los jóvenes radicales, tuvimos la fortuna de su extraordinaria formación intelectual. Nosotros, los radicales que ya cubrimos la mitad del camino de la vida, tuvimos la fortuna de su extraordinaria experiencia. Formación y experiencia que brindó generosamente, tanto a sus correligionarios como a sus conciudadanos de todo otro signo político. Era su generosidad la expresión social de una amplitud de espíritu, de una limpieza de alma que verdaderamente prolonga en el tiempo aquellas virtudes que Miguel Ángel Cárcano rescató en un pequeño gran libro dedicado al estilo de vida de los grandes políticos argentinos.
Era el temple acerado en un continente suave; la decisión inquebrantable, la integridad sin concesiones que se acrecía en los momentos de duda o debilidad colectivas. Supo ver muy lejos cuando advirtió a quienes clausuraban inicuamente su mandato presidencial que estaban abriendo para el país una etapa de violencia. Y estoy seguro que nunca experimentó complacencia por el hecho de que la historia le diese dramáticamente la razón.

Eduardo César Angeloz.

Extraído del libro “El Tiempo de los Argentinos”, 1987. Trascripción hecha por Correligionario Merlo.

jueves, 24 de marzo de 2011

La búsqueda de la verdad y la Justicia que inspiró nuestra acción (Raúl Ricardo Alfonsín)


La búsqueda de la verdad y la Justicia que inspiró nuestra acción estuvo definida por las siguientes premisas:



1) La violencia que tiño de sangre la década de los años ´70 fue potenciada por un terrorismo de izquierda que, con una visión elitista de la transformación social, no reparó en cometer los más aberrantes delitos en persecución de un programa acción demencial.

2) El combate armado a ese terrorismo de izquierda con el uso de fuerza proporcional a la amenaza inminente estaba moral y jurídicamente justificado, pero no lo estaban de ningún modo el secuestro, la tortura y el asesinato clandestinos. En ningún caso se justificaba acudir a la misma metodología del terrorismo para combatirlo. En definitiva, eran los principios que se alegaba defender los que resultaban vencidos a través de ese accionar.

3) Los actos más atroces cometidos por uno y otro tipo de terrorismo debían ser juzgados por una Justicia independiente y, si así ella lo decidía, penados, no tanto con fines de retribución sino con el objetivo preventivo de que nunca más grupos de individuos con acceso a las armas supusieran que estaban por encima de la ley y pudieran decidir impunemente sobre la vida y la muerte, la integridad física, psíquica y moral de sus semejantes.

4) Como ya lo señalé, ese objetivo debía cumplirse sin arriesgar la estabilidad de las instituciones democráticas, que es la mejor garantía contra la recurrencia de episodios análogos. Ello requería tanto una limitación del tiempo de los procesos como del universo de responsables.

Queda claro, entonces, que todas las iniciativas dirigidas tanto a promover como a limitar los procesamientos y las responsabilidades estuvieron determinadas por los objetivos enunciados de prevenir la repetición de episodios atroces en la medida necesaria para no poner al mismo tiempo en peligro la estabilidad del marco institucional.

Aquellos que critican nuestras iniciativas para limitar el juzgamiento y eventual condena a los responsables adoptan una concepción absolutamente retributiva de la pena, según la cual es un deber moral penar todo delito y, si no se lo hace, se comete una injusticia tal que no puede ser compensada por ningún otro beneficio social.

Para quienes, por el contrario, sostenemos que esta concepción de la pena es difícil de justificar desde un punto de vista racional: las prácticas punitivas se justifican moralmente en tanto y en cuanto sean eficaces para prevenir que la sociedad sufra males mayores.

Nuestro sentido común parece apoyar posiciones que tengan tanto en cuenta la vinculación entre el hecho criminal en sí mismo cometido por el agente con discernimiento y voluntad y el merecimiento de la pena, por un lado, así como las consecuencias sociales de aplicar esa pena, por el otro.

Sería irracional imponer un castigo cuando las consecuencias de esa imposición, lejos de prevenir futuros delitos, podrían promoverlos o causar perjuicios sociales mayores que los que ha causado el propio delito o su no punición.

La pena es en última instancia un instrumento, no el único ni el más importante, de formación de la conciencia moral colectiva.

Tanto la revelación de la verdad por medios fidedignos, como lo es un proceso judicial imparcial, como la condena moral sirven, al igual que la imposición de penas, para que se internalice a través de la reflexión pública cuáles son los límites de las conductas que la sociedad está dispuesta a aceptar. Por supuesto que para ello las leyes que prevén las penas a aplicar deben ser legítimas y no parece haber otra fuente de legitimidad que la que surge de la discusión y decisión democráticas, que aseguran la imparcialidad determinada por la consideración igualitaria de todos los intereses y opiniones en conflicto.

Otro punto de vista, consiste en sostener que, dado que la responsabilidad por este tipo de hechos está tan extendida, ya que comprende no sólo a los miembros de los grupos terroristas sino también a toda la sociedad que incitó, encubrió o simplemente silenció los hechos en cuestión, ella finalmente se diluye. Aunque es obvio que no todos fueron responsables, y aun entre quienes sí lo fueron, existen distintos grados de responsabilidad.

Pero las teorías no meramente retributivas de la justificación de la pena admiten que se renuncie a penar a responsables de acuerdo a consideraciones como las consecuencias para la sociedad. Es importante señalar que esa renuncia no se hace en reconocimiento del presunto derecho de la persona beneficiada por ella, y en consecuencia no hay una exigencia de igualdad de extender a todos quienes se encuentran en la misma situación.

Las medidas adoptadas tanto para permitir, impulsar y circunscribir el juzgamiento y eventual condena de las aberrantes violaciones a los derechos humanos no estuvieron inspiradas ni por un resentimiento o espíritu de venganza ni por un juicio complaciente, sino por el firme propósito de afianzar la vigencia de los principios éticos que constituyen el fundamento del Estado de Derecho y del sistema democrático.



Extraído del capítulo “derechos humanos” del libro “Democracia y Consenso” de Raúl Alfonsín, marzo de 1996. Trascripción Correligionario Merlo.
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