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domingo, 3 de julio de 2011

El Romance Elegíaco: En la muerte de Hipólito Yrigoyen - Arturo Capdevila


Visión de la patria mustia:
De guardia a su puerta el pueblo.
Que está agonizando, dicen,
Aquel titánico pecho.
Como señal de verdad,
Grises, nublados los cielos;
El aire, sabor de llanto;
Y la luz, color de duelo.
Que está agonizando, dicen,
Aquel titánico pecho…
Y en eso que entró la noche,
Susurro que avisa: Ha muerto.

Pasó un frío por las frentes,
Un frío de gran misterio.
Cerraron las mudas puertas,
Arriba el balcón abrieron.
Dijo una voz:
- ¡Argentinos!
En este momento ha muerto.
Pasó un frío por las almas;
Fue como un frío de acero.
Canción de patria se oyó.
Después enorme silencio.
¡Era caído el titán
Entre los brazos del pueblo!

Luego, como si llorase,
Estuvo el cielo lloviendo
Aciaga llovizna triste:
Llanto funerario y lento.

Visión de la Patria en vela:
Por toda la noche el pueblo
Volando la oscura calle
Con cirios de un fuego trémulo.
Al filo de medianoche,
Llamas de antorchas al viento.
Gente de hinojos orando
Y el Himno como otro rezo.
No sólo rezan por él;
También por cívicos duelos
En la procesión de sombras
Llorada de cirios trémulos.
El cielo bajó a la tierra;
A la tierra bajó el cielo:
Que así parecen estrellas
Las luces de aquel misterio.
Y una dulce niña rubia
-marfil el rostro sereno,
azules de amor los ojos,
hebras de oro su cabello-
Entre las sombras avanza.
El paso callado y lento
Como viajera sonámbula
Por los confines de un sueño.
Temblando brilla una lágrima,
Temblando en sus ojos buenos.
Todos le abrían camino;
Todos camino le abrieron:
Y pensaban: Es la Patria
Que va llorando a su muerto…
Visión de la Patria en vela:
Cirios y hachones al viento.

Visión de la Patria en marcha.
Por todas partes el pueblo.
Río sin igual la calle,
Cosa sin nombre el cortejo.
Como en barca funeraria,
Como en una barca el muerto.
Ritual egipcio parece
Del sagrado Egipto viejo:
Que el ataúd en que duerme
En hombros lo lleva el pueblo;
En hombros para mecerle,
Para irle meciendo el sueño,
Bien como en barca que flota
Sobre las olas del tiempo.
Visión de la Patria en marcha:
Por todas partes el pueblo.

Sobre las olas humanas
Flota la barca del féretro
Y están vestidos de luto
Sobre la ciudad los cielos.
Así marchan, así marchan
Los soldados de ese ejército
Que hacia la historia caminan
Ya con la gloria del muerto.
No doblan campanas, no,
Ni bate el tambor los ecos.
Corazones, corazones,
Éstos solos van haciendo
De tambores funerarios
Y bronce que toca a muerto.

Por la calle del Callao
Ya quiere entrar el cortejo,
Y el río se vuelve mar
Por la Plaza del Congreso.
¡quién te ha visto y quién te ve,
Plaza de aquel 6 funesto!
Por la calle del Callao
Ya va pasando el cortejo.

Batallones, batallones,
Regimientos, regimientos,
Así fueran ciento y mil,
No formaran este inmenso
Desfile de eternidad,
Que a sus solas forma el pueblo.
Por la calle del Callao
Pasa que pasa el cortejo
Se enluta en crepón el día
Y el himno cantan por rezo.
De esta suerte va pasando
Aquella barca del féretro,
Entre una lluvia de flores
Y un tremolar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Descansando de empeño
de haber soñado grandezas
entre los hombres pequeños.
¡Alza, pueblo! Así dijisteis.
Yo te llevaré muy lejos.
Quiero que se cumplan todas
Las promesas que te hicieron,
Y se te den como mandan
Cien sagrados testamentos,
Las cosas que te legaron
Rivadavias y Morenos…
¡Ay Hipólito Yrigoyen,
De haberlo hecho fuisteis reo!...
Señor de Martín García…
Libertador prisionero…

Y el pueblo lo va llevando;
Y el Himno es salmodía y rezo.
Después se apagan las voces,
Después se callan los pechos;
Y el ataúd pasa entonces,
Entre abismos de silencio,
Bajo ese llover de flores
Y aquel nevar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Soñando el último sueño;
Con la Patria lo soñais
Entre laureles perpetuos.
Se acabaron mezquindades
Y acabóse al fin el pleito;
Aquel pleito que os movían
Los oscuros leguleyos,
Los que decían a coro
- ¡esos alborotapueblos!

Que buen alcalde no fuisteis,
Que mejor lo fueron ellos…
Por eso os movían pleito,
Porque os querían alcalde,
Y Dios no os puso para eso,
Sino por centella viva
Y relámpago del cielo.
El destino que cumplisteis,
De una vez decirlo quiero.
Dios os puso por segura
Señal entre los senderos,
Por tiempo de encrucijada
Sobre la cruz de los tiempos.
Entre naciones en llamas
Pasó con vos este pueblo,
Y en el incendio del mundo
Fue respetado del fuego:
Que así soñabais concordias
Para futuros excelsos,
Pastor de las muchedumbres
Y albacea ante los pueblos
De las cosas que legaron
Rivadavias y Morenos.

Y el ataúd va pasando,
-aquella barca del féretro-
Entre una lluvia de flores
Y un tremolar de pañuelos.

Adios, Señor, que ya vais
Descansando en sueño yerto
De tantos duros agravios
Duros agravios protervos…
Todos los muertos que duermen,
Duermen bien como los muertos,
Con los dos ojos cerrados
En la gran paz de su sueño.
Vos no durmáis como duermen
Su sueño postrer los muertos,
Señor de Martín García
Libertador prisionero…
¡Dormidlo con un solo ojo,
El otro ojo quede abierto,
Para que nadie se atreva
Con el Libro de los Sellos,
Con el Arca de la Alianza,
Con la libertad del pueblo!

Forjadores de cadenas,
Cadenas le prometieron.
Se la quieren ajustar
Sobre los flancos sangrientos…
¡Vos no durmáis como duermen
Su sueño postrer los muertos!

Y el ataúd va llegando
Sobre los hombros del pueblo
Hasta el frío de la fría
Nieve del último lecho.
¡Caed, postrimeras flores!
¡Volad, postreros pañuelos!

Y ahora oíd, ciudadanos,
El mandato de este verso:
Altar de la Democracia,
La casa donde él ha muerto;
Y allá al frente, donde veis
El cabal espacio abierto,
Su monumento mañana,
Todo de mármol eterno:
Un espanto de tiranos
Y una redención de pueblos!


Poema completo trascripto por Correligionario Merlo del libro Musa Civica de Arturo Capdevila. Impreso En 1951.

martes, 14 de junio de 2011

Don Hipólito Yrigoyen por Jorge Luís Borges


Razonar esta convicción de yrigoyenista es empresa fácil. Equivale a pensar ante los demás lo que ya ha pensado mi pecho. Yrigoyen es la continuidad argentina. Es el caballero porteño que supo de las vehemencias del alsinismo y de la patriada grande del Parque y que persiste en una casita (lugar que tiene clima de patria, hasta para los que no somos de él), pero es el que mejor se acuerda con profética y esperanzada memoria de nuestro porvenir. Es el caudillo que con autoridad de caudillo ha decretado la muerte inapelable de todo caudillismo; es el presente que, sin desmemoriarse del pasado y honrándose con él se hace porvenir.

Esa voluntad de heroísmo, esa vocación cívica de Yrigoyen, ha sido administrada (válganos aquí la palabra) por una conducta que es lícito calificar de genial. El fácil y hereditario descubrimiento de los políticos era éste: la publicidad, la garrulidad, la franqueza, provoca simpatía.

El de Yrigoyen es el reverso adivinatorio de aquel y es enunciable así: el recatado, el juramentado, el callado, es también simpático. Esa intuición ha bastado para salvarlo de las obligadas exhibiciones callejeras de la política.

Yrigoyen, nobilísimo conspirador del Bien, no ha precisado ofrecernos otro espectáculo que le de su apasionado vivir, dedicado con fidelidad celosa a la Patria.



Jorge Luis Borges, carta a Enrique y Raúl González Tuñon, Buenos Aires, marzo de 1928.Trascripto por Correligionario Merlo del libro "Yrigoyen y la Gran Guerra" de Carlos Goñi Demarchi, José Seala y Germán W. Berraondo.

martes, 25 de enero de 2011

Caíste, Hipólito Yrigoyen, en 1930… (Roberto Bosch)


Hipólito Yrigoyen:

A los manes de tu sombra augusta, al pie de este santuario de la democracia argentina, pido la inspiración necesaria para rendir, con mi modesta palabra, el justo homenaje a tu memoria, en nombre de la tendencia auténtica del radicalismo del país, representado por “Cruzada Renovadora”, con cuya jefatura me honro, asumo a la vez, toda la responsabilidad de mis expresiones ante el país, las instituciones y las personas.

Soñador avanzado de una generación argentina, fuiste el apóstol de una convicción latente en el espíritu nacional, a la que después de larga y dura brega, supiste convertir en una realidad democrática por legítimo imperio de la “libre y espontánea de la libertad del pueblo”, siempre sojuzgada por la arbitrariedad de las tiránicas oligarquías nativas al servicio del interés extraño.

Esta conquista –que fue tuya Hipólito Yrigoyen- pese a quien pese y cueste lo que cueste, no podrá ya ser renunciada jamás por esta generación ni por las venideras, porque es radical del propósito de Mayo y es herencia popular, tan gloriosa, que renunciarla sería condenar lo más caro de nuestra ejecutoria patria: la esencia de nuestra Historia.

Y estad seguros, argentinos, sin distinción de colores, que por ella habremos de llegar a todos los extremos des su defensa, porque si así no fuese, habríamos perdido el derecho de ser los herederos del valiente pueblo de 1810, cuyo venero guardamos con el religioso orgullo de mantener inmarcesibles los “eternos laureles” de nuestro canto nacional.

Fue esa realidad democrática que realizaste en 1916, la primera en nuestra historia constitucional, porque por primera vez el pueblo consiguió plebiscitar su mandatario, y honró en apoteosis memorable, al símbolo que fuiste –Hipólito Yrigoyen- que vino a restaurar el genio de mayo, abolido por las oligarquías imperantes, afirmación que hago sin posible rectificación.

Más: quiero dejar constancia también, con profundo dolor argentino, que fue la última, pues, si desde Rivadavia hasta Sáenz Peña, las oligarquías hicieron tabla rasa con el principio de la soberanía popular, -salvando el fecundo interregno democrático de que fuiste gestor- desde el nefasto 6 de septiembre hasta la fecha, esta tendencia arbitraria y traidora, recrudeció, como la fatalidad histórica de una desgracia, con los signos más repugnantes del fraude, la coacción, el soborno y la venalidad.

Así fue como tu anheloso empeño, de constituir una nación libre, en base a su idiosincrasia, -sin imposiciones foráneas y a impulso del propio genio nacional; y para que el progreso y la grandeza patrios no crecieran fuera de sus hormas- se truncó; pero no tus inspiraciones, que han quedado como fundamento de las fuerzas morales de la Nación en marcha hacia su reconquista: antorcha luminosa de nuestro ineluctable destino. Por eso, enhestando tu democrática figura, que tremola en el corazón de las masas como un lábaro de reivindicaciones, repetimos tus palabras: “entre los factores que contribuyan al perfeccionamiento de las sociedades, debe figurar la grandeza de los fines que se propongan, para que la imaginación pública se vea siempre alentada por nobles esperanzas hacia perdurables soluciones”, preceptos que nuestra “Cruzada” coloca en las bases doctrinarias de su lucha, a ultranza, por la soberanía integral, económica y política de la República, tan maltrecha por los últimos acontecimientos.

Caíste, Hipólito Yrigoyen, en 1930…

¿Por qué te dieron ese golpe traidor las oligarquías reaccionarias?

Oiga el pueblo argentino la respuesta:

Porque dijiste: “mientras dure mi gobierno no se enajenará ni un adarme de la riqueza pública, ni se cederá un ápice del dominio absoluto del Estado sobre ella”; y porque también dijiste: “la riqueza de la tierra, como la del subsuelo mineral de la República, no puede ni debe ser objeto de otras explotaciones que las de la Nación misma”… Y cuando te disponías a la obra, queriendo librar de las garras del pulpo nuestra riqueza petrolera, te asestaron el golpe alevoso que revocó esa primera realidad, democrática de 1916, que conquistaste después de 30 años de rudo batallar.

Largo y fragoso camino recorriste en tu vida de apóstol, entre vicisitudes y sobresaltos a brazo partido contra las oligarquías. Tu abnegada existencia, tu invariable tesón, y tu entraña radical, fueron inmolados con tu cuerpo hecho mártir; pero ten seguro que como el sacrificio hace al Santo, su ensañamiento sobre tu augusta ancianidad, despertó en los arcángeles de la democracia inmanente, el justo celo de las reivindicaciones, que será el azote para los herejes que te maltrataron y para los iscariotes que te vendieron.

Recogiendo tu mandato seremos los “cruzados”, “radicales en todo y hasta el fin”, así hubiera que “empezar de nuevo” tu obra malograda, por los que, encargados de realizarla, contribuyeron a su destrucción, traicionándola.

Palabras sacramentales de tu consejo:

“Intransigencia, abstención, revolución”…

Son sentimientos latentes en el espíritu nacional, como el “sine qua non” de la sinceridad cívica hacía la solución de la libertad integral.

Seguimos oyéndote:

“Las revoluciones están en la ley moral de las sociedades y no es dado crearlas ni posible detenerlas, sino mediante reparaciones tan amplias como intensas sean las causas que las engendran”.

Mientras que los líderes políticos no cuenten con la anuencia de las masas, jamás tendrán la posibilidad de realizar amplias reparaciones; y menos revoluciones; sólo fraguarán simples asonadas intrascendentes. Mientras las masas no sean tenidas en cuenta para elegir sus gobernantes, ellas no tendrán en cuenta éstos; y, hasta su explosión reivindicadota, permanecerán en la abstención, porque ésta “no es un recurso de política militante, sino, suprema protesta, recogimiento absoluto, total alejamiento de los poderes oficiales, para dejar bien establecido, en el presente y en la historia, que la Nación no tuvo ejercicio de su soberanía”.

La Patria no es un objeto sino un sujeto colectivo, desde que no son las cosas sino el hombre, lo que anima y ennoblece. Ella, sus ciudadanos, por dictamen de su dignidad, no acepta que le usurpen su representación con allanamiento de sus atributos; la democracia es un derecho inalienable de la dignidad popular.

Esta sagrada verdad hace inútil el empeño de hacer creer al pueblo que se le puede “representar” sin su voluntad y hace fracasar a todos los seres de aberración cívica en sus pretensiones de que se les acepte de grado. Resulta sí indigno que se califique de “morbosa inquietud” el sagrado anhelo revolucionario, de los argentinos que sueñan –y han de realizar- una patria libre y luchan contra todos los usurpadores de la soberanía popular.

A estos hijos bastardos de mayo les decimos: que el morbo solo existe en sus ridículas pretensiones, que los lleva hasta a olvidar una orden de San Martín: “no reconocerás jamás, como a gobiernos legítimos de la Patria a aquellos que no hayan sido elegidos por la libre y espontánea voluntad de los pueblos”, incurriendo en el anatema de los “infames traidores de la Patria”, con que fulmina el artículo29 de nuestra Constitución Nacional, a los que se arroguen la suma del poder público, poniendo a su merced “la vida, el honor o las fortunas de los argentinos”.

Felizmente, el pueblo conoce y comprende cuales son sus verdades cardinales. Y no ha de llegar a asentir jamás, la existencia de nada ni de nadie, que le usurpe sus derechos; de lo contrario “habría sancionado la más horrible fatalidad el crimen triunfante” y “habría dejado pendiente la histórica condenación para que, tarde o temprano, se vuelva a reproducir”. No. Nuestro pueblo es inteligente, noble, digno, rebelde y soberano. Es solo la impotencia de su organización cívica, lo que le hace comulgar con la arbitrariedad de las usurpaciones, que no tienen nunca en cuenta, para nada, el principio de la “soberanía popular, que es la libertad de la Patria”.

Insigne maestro de la democracia y el santo amor del pueblo: hemos venido a interrumpir tu tranquilo sueño para ofrendar este homenaje al exponente más alto de nuestra democracia realizada en el período constitucional; al más grande de los presidentes argentinos, porque fuiste el único ungido por la voluntad de tus ciudadanos; y al paladín esforzado de la emancipación del continente…

Tu cuerpo es, aunque inerte, la bandera reivindicadota de la argentinidad, y día llegará en que como un simbólico estandarte, podamos llevar el ataúd que guarda tus restos, para colocarlo junto al sillón presidencial, cubierto por las insignias que te arrebataron aquél día nefasto para la Patria, para que desde allí pasen a las manos de un presidente plebiscitado como tú “por la libre y espontánea voluntad del pueblo”.

Yrigoyen:

Te dejamos estas flores. Sus colores son la expresión del vivo fervor de nuestro sentimiento patriótico; su fragancia, la expansión del aliento que nos anima en la lucha; y su frescura el recuerdo constante de tu simbólica figura democrática, encarnada en el más grande de los mandatarios argentinos.

He dicho.


Como entiende “Cruzada Renovadora” al intérprete del Radicalismo auténtico a través de la palabra de su jefe: Roberto Bosch. Discurso pronunciado en la Recoleta el 3 de julio de 1943 con motivo del Homenaje realizado en el décimo aniversario de la muerte de Hipólito Yrigoyen. Extractado del libro “Cruzada Renovadora de la U.C.R. es historia porque pudo haber triunfado” de Renzo R. Breglia, 1999. Trascripción Correligionario Merlo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Desarrollo nacional y Federalismo (Hipólito Yrigoyen)


Buenos Aires, 16 de octubre de 1920.
Al Honorable Congreso de la Nación: Tengo el honor de dirigirme a V. Honorabilidad, observando la ley nº 11106, en uso de la facultad que acuerda al Poder Ejecutivo, el artículo 72 de la constitución nacional.

La sanción de V.H., subordina todo el plan de la ley a la organización de una compañía privada, que deberá recibir en propiedad la red actual de los denominados ferrocarriles nacionales, constituida por las líneas denominadas “Central Norte Argentino”, “Formosa a Embarcación” y “Metán a Barranqueras”, y sobre esa base negociar la fusión con la red del Ferrocarril Central Córdoba, Ferrocarril Córdoba y Rosario y Ferrocarril Central-Extensión a Buenos Aires, formando así una compañía por acciones que se denominará “Ferrocarriles Nacionales”.

Antes de entrar al estudio analítico de esa organización, cuya sola financiación nos llevaría fatal e inevitablemente a perder no sólo el dominio de los ferrocarriles del estado, sin compensación alguna, sino el contralor de las tarifas de las empresas particulares, defensivo de la economía del país, tan necesario para el desenvolvimiento de sus riquezas, el Poder Ejecutivo debe reafirmar principios fundamentales, que ya he tenido oportunidad de enunciar, y que informan su criterio y definen lo que constituye su política en materia ferroviaria y en todas aquellas actividades industriales afines con los servicios públicos, o que tiendan a mantener en poder del estado la explotación de fuentes naturales de riqueza, cuyos productos constituyen elementos vitales del desarrollo general del país, en los múltiples aspectos que señalan los progresos de la vida moderna.

Afirma así el Poder Ejecutivo, como fundamental al desenvolvimiento social, político y económico de la nación, el principio del dominio de los ferrocarriles del estado y de la extensión de sus líneas.

Esa orientación de gobierno es la única que responde a los grandes sacrificios realizados por la nación para construir y conservar su red ferroviaria y cualquier combinación que nos llevara a fusionar nuestro sistema actual, haciendo partícipe a cualquier otra compañía como asociada del estado, resultaría siempre en beneficio exclusivo de la compañía particular, dado que las líneas complementarias a construirse del sistema de los ferrocarriles del estado, son las destinadas a proporcionar un tráfico intenso, sirviendo las zonas más ricas de la república y dando salida por el litoral, al interior y al norte, con grandes ventajas económicas en la explotación de sus fuentes naturales de riqueza. (…)

Los ferrocarriles del estado fueron recibidos por el Poder Ejecutivo en una situación de desquicio, despilfarro y perversión tal, que le han demandado grandes esfuerzos tendientes a su mejoramiento y reorganización.

Dentro de un concepto general de gobierno, aceptado por las naciones más progresistas, que se confirma y acentúa cada vez más en la actualidad del mundo, el estado debe adquirir una posición cada día más preponderante en las actividades industriales que respondan principalmente a la realización de servicios públicos y si en alguna parte esas actividades deben sustituirse en lo posible a las aplicaciones del capital privado, es en los países de desarrollo constante y progresivo como el nuestro, donde el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa, ha de considerarse principalmente como un instrumento de gobierno con fines de fomento y progreso de las regiones que sirven.

Si hubiéramos, entonces, de aceptar la tendencia que define la sanción de V.H., tendríamos que renunciar a considerar el ferrocarril como un medio de impulsar el desarrollo de la vida económica de ciertos estados de la república con detrimento evidente de una esperanza de mejoramiento, tendríamos la seguridad de su subordinación a las exigencias, siempre crecientes del capital privado, que trata, por definición, de ser retribuido en la forma más amplia. No habrían, entonces, la posibilidad siquiera de llenar el fin primordial a que debe responder la ley de que se trata, dentro del concepto de solidaridad nacional a que ella debe tender, desde que volveríamos a las horas aciagas que le ha tocado vivir al país bajo el régimen de las concesiones garantidas, que en sus abusos lo llevaran al borde de la ruina, retardando por muchos años el desarrollo de sus grandes progresos.

Entrando al concepto de la financiación que la sanción de V.H., plantea, el Poder Ejecutivo, debe dejar bien establecido que la forma ideada para la organización del capital a emplearse, con el interés que se fija a las obligaciones y el que devengue durante el período de construcción con la hipoteca de las líneas, sería tan oneroso para los intereses que tiende a servir, que haría imposible el desarrollo, en condiciones favorables, de las zonas comprendidas en el plan de construcción que la misma sanción dispone, gravitando sobre las rentas generales los considerables déficit que esa explotación impondría para que un día el estado, cuya garantía subsidiaria se establece en esa financiación, se vea obligado a entregar esa pare de su valioso patrimonio a la explotación privada, sin defensa posible de las regiones de la república servidas por esas líneas.

El plan del Poder Ejecutivo, expresado oportunamente a V.H., y sobre el cual la H. Cámara de Diputados se pronunció unánimemente en su favor, es el que verdaderamente consulta las posibilidades de llevar a cabo el programa de construcción de obras públicas para responder a los fundamentales intereses de las provincias, que dichas obras públicas tienden a fomentar.

En consecuencia, el Poder Ejecutivo juzga que la ley sancionada por V.H., entraña un verdadero despojo de uno de los primordiales factores de prosperidad del país, como son los ferrocarriles, e implica el retardo y acaso el malogramiento del propósito determinante del gobierno en el sentido de llevar lo más rápido posible, todos los beneficios de los ferrocarriles a los pueblos y zonas de la república donde sus riquezas permanece estancadas sin perspectiva de que se las incorpore al desenvolvimiento general de la nación.

El Poder Ejecutivo considera que la sanción de V.H., comportaría un verdadero desastre para la seguridad de los bienes del estado, y el desarrollo progresivo del país, acusando en todo sentido la prolongación de los procedimientos del pasado en vez de la renovación reparadora del presidente.

Hipólito Yrigoyen

El 16 de octubre de 1920, el entonces presidente Hipólito Yrigoyen se dirigía al Congreso de la Nación preocupado por la sanción de una ley de privatización de los ferrocarriles del estado que perjudicaría a pueblos alejados. Fomentaba, en cambio, una participación por parte del estado “cada día más preponderante en las actividades industriales” y una explotación estatal “de fuentes naturales de riqueza, cuyos productos constituyen elementos vitales del desarrollo general del país”.

Yrigoyen, Buenos Aires, Manuel A. Clips, Biblioteca de Marcha, Colección los Nuestros, Montevideo, 1971.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Los gobiernos pueden labrar la felicidad de los pueblos (Hipólito Yrigoyen)


LI

Lo que importa, pues, es discernir el bien que hemos alcanzado y corresponder fielmente a sus consagraciones. La Nación que está investida de virtudes todopoderosas, debe trascender las más altas idealidades y las efectividades más encumbradas.
Los gobiernos pueden labrar la felicidad de los pueblos, orientando sus actividades en el movimiento integral de las acciones. En la verdad de la ley pareja y de una justicia social humanista y cristiana que tienda a resolver los derechos de los que menos tienen, armonizados con los poderosos, que lo tienen todo, hay campo para aplicar lealmente los preceptos de la Reparación nacional. Pero, en cambio, si ello se desestima, y se tiende únicamente a la prepotencia de la fuerza indiscriminada, que escuda la impunidad y la injusticia, y sanciona los fueros del privilegio, fatalmente se rueda por la pendiente que precipitaría al país al caos de la anarquía y la disolución.
Las grandes y justas aspiraciones impresas a las obras de los pueblos, demandan devociones patrióticas elevadas, y a veces, estoicas determinaciones en la afirmación de la propia fe. Pero la victoria pertenece siempre a los insobornables y limpios de conciencia y corazón. Por ello, la Nación debe ofrecer el ejemplar espectáculo de todas las actividades políticas, en lo social, económico y cultural, actuando en los escenarios conquistados por la libertad, a cubierto de la violencia y de las imposiciones sojuzgadoras que caracterizan el pasado.

LII

La salvación de la República estuvo concretada en las energías reparadoras que no solamente emanciparon y ennoblecieron la vida pública, sino que ensancharon ampliamente sus horizontes. Por tanto, no debe consentirse en desviaciones que interfieran la orientación histórica que con sublime heroísmo se trazó, porque sería ello renunciar a las grandezas que suman nuestra prócer predestinación.
La República Argentina, cumplirá fatalmente con su alto destino, consagrando la libertad y la justicia en sus representaciones públicas, como signo inconfundible de su tradición histórica, guardando leal armonía con su origen preclaro y abriendo nuevos escenarios a los perfeccionamientos de la vida universal.
Resta ahora que sus bases jurídicas se consoliden en absoluta correspondencia con sus fines. Sólo falta que este movimiento lleve la plenitud de su espíritu y su savia regeneradora al organismo social y político de los gobiernos, comunicándoles desde su elevado ámbito el estímulo del ejemplo, uniéndose al paso para prolongar los mandatos de la historia. Atender nada más que el resultado inmediato, es entregarse inerme ala inconsistencia de la hora subsiguiente, que llega con su necesidad premiosa exigiendo a veces la virtud que menos teníamos decidida. Debemos afirmarnos en el convencimiento de que la solución debe buscarse tal como la hemos planteado con los más austeros preceptos morales y las legítimas consagraciones públicas, para así extinguir la planta maldita de las bastardas ambiciones y los subalternos aprovechamientos. Así cada día que avanza el tiempo, nuestras concepciones seguirán penetrando con mayores lucideces y con ejemplares enseñanzas en la declaración histórica de constructivas irradiaciones. El dogma político abarcará el desarrollo completo de la vida integral del país.
Se juzgará que mis preocupaciones y mi pensamiento resulten redundantes con la insistencia que giran alrededor de una idea central y dominante. Pero no es así. Debo encarar la cuestión fundamental de la supervivencia de la reparación nacional, con el mismo interés patriótico que si se tratara de la supervivencia de la Nación, ya que ambas integran la realidad de un mismo destino.
De nada vale ninguna dignidad pública que no esté avalada por la certitud y la caracterización moral de aquel que la formula o aquellos que han hecho lo contrario de lo que ese juicio establece. Las inspiraciones del sentimiento patriótico tienen que guardar una absoluta armonía con la inflexibilidad que caracterizó la contienda nacional. La tarea que nos impone ese responsable deber es ardua, pero es necesario construir fundamentalmente la Nación, en la aplicación de auténticas soluciones de bien público.
Si cuando por medio de una unánime sanción nacional llegamos al gobierno -en una justa electoral desventajosa- buscando las cancelaciones del desastre causado por el régimen al país y a la ciudadanía, se creía va haber alcanzado la solución final; si ella se desviara, en defecciones culpables, el descontento nacional no tendría límites, porque ninguna tragedia moral para los pueblos es mayor que la que se origina en la frustración de sus esfuerzos o el malogro de
sus conquistas. En ese caso la pérdida de la fe es un crimen de lesa patria.
La obra histórica misma, quebraría su continuidad en el tiempo si se la interceptara en su vigencia en la acción de gobierno, rescatando de la conciencia ciudadana sus benéficas idealidades y su espíritu renovador. El hombre de Estado fracasará siempre que no se proponga esforzadamente a extinguir las causas que malogren el desenvolvimiento natural de los pueblos, aplicando los resortes constitucionales y el orden jurídico con sabia escrupulosidad. No puede haber ficciones morales, políticas ni sociales que lo determinen para excusarse de cumplir los requerimientos esenciales de la comunidad. Los gobiernos que en tales oportunidades han sabido responder honradamente a esas esperanzas y a las aspiraciones de bien público, llenaron ciclos de la historia, e impusieron a las naciones la marcha del progreso y la felicidad. El carácter y la conducta no se revelan sólo al afrontar las imposiciones de las causas, sino que se expanden en sus influencias afirmativas, cuando llegan a solucionarlas con acentuaciones definitivas.
Por ello, el gran propósito cuyo signo es el de la suprema ley de la Nación, será mantenerse a la altura del mandato representativo, en la línea del decoro y rectitud que emana del precepto dogmático de la causa.
Dentro de las normas que fijan esos sabios preceptos de la Reparación, la concepción del Estado debe sustanciarse con mayor amplitud para responder a las exigencias perentorias de la Nación. La soberanía en sus expansiones definidas reclama la política tan lúcidamente sentida por el país, como reflejo de todas las inspiraciones del patriotismo, en la aplicación integral de las condignas soluciones.

Hipólito Yrigoyen. Mi Vida y Mi Doctrina
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