sábado, 25 de junio de 2011

Excelentísimo señor Vicepresidente de la Nación, doctor Pelagio B. Luna. (Dr. Arturo de la Vega)


“La parca inexorable, que nada respeta y todo lo arremete con su violencia furiosa, acaba de arrebatarnos del seno de la patria a uno de sus hijos mas predilectos, a un invicto y preclaro ciudadano, el Excelentísimo señor Vicepresidente de la Nación, doctor Pelagio B. Luna.”

“El espíritu humano, en sus recogimientos más íntimos, se subleva ante el rigor de las leyes de la naturaleza, y ante la fatalidad y lo irremediable, no puede menos que estallar en una protesta solemne, elocuente y sublime, como blasfemando contra estos designios tan injustos de la Providencia.”

“Pero ¿qué vale la materia ante la inmortalidad de la psiquis?...”

“Señores: el doctor Pelagio B. Luna no ha muerto. Vivirá eternamente en la memoria de todos los argentinos y también de los extranjeros, porque ha tiempo ya que su nombre ha sido grabado con signos indelebles en las páginas de oro del gran libro de la gratitud nacional, como uno de los benefactores más sacrificados por el progreso y bienestar de la patria, como uno de los propulsores más esforzados de las instituciones libres y como uno de los exponentes más elevados de la energía moral en la lucha incesante por el porvenir de las generaciones presentes y venideras.”

“Descendiente de noble estirpe, de familia patricia, supo engrandecer los prestigios de su apellido con una vida austera y ejemplar, en virtudes cívicas y en carácter.”

“En las aulas de la facultad de derecho de la universidad de Buenos Aires se impuso desde los primeros años por su talento e ilustración.”

“Egresado con el título de doctor en Derecho y Ciencias Sociales muy joven, regresó a su provincia, donde su estudio jurídico se destacó como mejor ante sus comprovincianos.”

“Dictó con probada eficiencia la cátedra de Literatura en el Colegio Nacional.”

“En la judicatura desempeñó los principales cargos, desde juez hasta vocal del Superior Tribunal, puestos a los que fue llevado para honor y bien de esta Provincia.”

“Siempre las tareas más difíciles le han sido encomendadas por lo gobiernos pasados a pesar de sus ideas políticas contrarias, porque el doctor Luna para La Rioja era su padre tutelar, consejero del gobierno en las cuestiones arduas de interés colectivo, y consejero del pueblo.”

“Así, representó a la Provincia en sus litigios de límites territoriales con las demás, y cada vez que se trataba de hacer ahí estaba de hacer un bien a la sociedad, ahí estaba el doctor Luna dispuesto a los mayores sacrificios, con tal de ser útil a sus comprovincianos, con una elevación de miras que ha sido proverbial en su persona.”

“Practicaba el culto del bien a los demás, con la misma religiosidad que al Dios de sus sentimientos más íntimos, y en obsequio a ello jamás reconoció obstáculos ni dificultades.”
“Desde el más rico que habita su mansión opulenta hasta el más pobre y humilde que mora en su choza o rancho azotado por el vendaval, han recibido sus servicios y sus consejos, encontrando siempre en él un benefactor gratuito y desinteresado. A todos ha hecho el bien. A ninguno ha hecho mal.”

“No habrá riojano, por más degenerado que sea en sus pasiones, capaz de contradecir esta afirmación que es, en realidad, axiomática.”

“Siempre el desvalido encontraba en él su mano generosa para aliviarse de la miseria y el potentado, al jurisconsulto íntegro, consumado y capaz para defender sus intereses, apartarlo del error y endilgarle por el recto sendero de la verdad.”

“Desde que el radicalismo empezó a bosquejarse en los horizontes del país, desde sus primeros albores, el doctor Pelagio Luna se alistó voluntariamente en sus filas y abrazó la bandera del Parque con el fervor de un convencido y con las esperanzas de un visionario.”

“La idea mater del radicalismo irradió su cerebro lo mismo que los primeros rayos del astro rey destellan primero sobre las altas cumbres, para después derramarse sobre las dilatadas llanuras.”
“Con el estoicismo y la energía de un predestinado, predicó su credo político ante el descreimiento de propios y extraños en las épocas más rudas y positivistas del régimen pasado, haciendo abstracción de toda clase de peligros, como un cruzado de la libertad, como un caballero andante medieval, escudado en su fe y en la austeridad de sus principios.”

“De un extremo a otro de la provincia se cruzó haciendo por su palabra cálida y convincente; y hasta en el último rincón de la montaña era conocido, querido e idolatrado, porque nació para hacerse querer, era un talismán que atraía todas las voluntades. Su verbo de redención a todos convertía.”

“De cualidades indiscutibles de caballero íntegro, la aureola de su honradez y dignidad imponía; y las sospechas maliciosas de sus enemigos más empedernidos, se estrellaban ante las virtudes de hombre ejemplar.”
“Como hombre superior supo darse perfecta cuenta del porvenir de la patria y en homenaje y holocausto a ella, dedicó los mejores años de su vida, sus sacrificios, sus desvelos, el calor de su juventud y su experiencia de estadista, hasta lograr fundar la Unión Cívica Radical en esta provincia y hacerla una fuerza incontrastable y preponderante.”

“Como eximio conductor de muchedumbres, consiguió llevar al partido al éxito más de una vez; y aunque el triunfo le era arrebatado y desconocido por las fracciones contrarias, nunca desmayó ni un momento; siempre se mantuvo firme y luchaba cada día con más tesón, con más entereza, con la paciencia de un misionero.”

“Radical de aristas bien definidas e inconfundibles, de conciencia y de convicciones, practicaba lo que predicaba, alentaba con su ejemplo y su palabra, sosteniendo bien alto el pendón del partido, no defeccionando nunca, ni aún en las mayores adversidades.”

“Enalteció a la juventud honesta, fuerte y capaz y la encaminó por el sendero de la dignidad cívica, librándola de la corrupción de las épocas más crudas del achatamiento político y moral.”

“Ese es el hombre que se va; el que templó su individualidad y la de su agrupación en el crisol de los más nobles renunciamientos, de los mayores esfuerzos y de las más ponderables virtudes; el que admirando en silencio de su pueblo la montaña pétrea y dura que se levanta ante nuestra vista y la dilatada llanura que tranquila se extiende a sus ies,llegó a armonizar en la culminación más pura de su espíritu los ideales más amplios y elevados con las manifestaciones más férreas de su energía moral; el esforzado paladín de las libertades públicas, que con la fe y la seguridad de un visionario, supo conducir a la democracia argentina, con otros prohombres del partido, hacia la realización de sus más nobles aspiraciones y hacia el perfeccionamiento de sus más preciados atributos.”

“El nombre del doctor Pelagio B. Luna atravesó bien pronto los límites de la Provincia y su prestigio flotaba en la conciencia nacional; no hizo escalas en su vida política y como un privilegiado del destino, se levantó de un solo vuelo como las águilas para ocupar la segunda magistratura de la República.”

“Los próceres de Mayo con su espada y con su sangre nos dieron patria, libertad exterior. Los varones de la nueva era como el doctor Luna, Alem, del Valle y otros, con su pluma vibrante, con su patriotismo y con su verbo, han completado esa obra ciclópea, dándonos libertad política, instituciones libres y democracia de verdad, y por consiguiente, la definición de nuestra nacionalidad.”

“La muerte de este ínclito ciudadano es una gran pérdida nacional, que nunca acabará de ser llorada, máxime en las actuales circunstancias, en que el avance borrascoso de las ideas anárquicas amenazan nublar el cielo de la patria.”

“El doctor Luna, como buen organizador, era uno de los capaces de despejarlo, haciendo un gesto de repúblico, porque tenía toda la contextura del verdadero hombre de Estado.”
“Queda su nombre inmaculado como un símbolo tradicional de energías y de altiveces ciudadanas; y ha de tremolar een el ambiente nacional como un emblema de virtudes cívicas, de carácter y de intelectualidad, para honor del país y para ejemplo e inspiraciones de las generaciones futuras.”

“En la cruzada de la reparación y en la cima de la evolución política argentina, su imagen ha de perdurar como el cristo de la redención institucional.”


“Vuelve a descansar eternamente en el silencio de la aldea desde la cual partió, al pie de la montaña que lo vio nacer y la que ha de servir de marco a su sepulcro y a la ciudad de sus ensueños.”


“Doctor Pelagio B. Luna: en nombre de la Unión Cívica Radical de la provincia de La Rioja vengo a daros el postrer adiós, derramando sobre tu tumba las flores más preciosas de nuestra existencia, impregnadas de las lágrimas y del dolor que tu desaparición nos ha causado, para que formen la corona que ha de cubrir tus sienes en tu marcha ascensional hacia lo infinito.”

Justificar a ambos ladosExtraído del libro editado por el Ministerio del Interior “Dr. Pelagio B. Luna Vicepresidente de la Nación 1916-1919 In memoriam”, Buenos Aires, 1920, págs. 125/12. Foto procesada por Alan Pavón y Correligionario Merlo.

sábado, 18 de junio de 2011

Con el esfuerzo común lograremos salvar a la República (Carlos Humberto Perette)


"Para que el futuro se presente promisorio y lleno de luz y de decoro, es necesario que todos, absolutamente todos, estemos dispuestos a convivir en la democracia con los derechos que ella impone. No puede haber democracia solamente para vivir de sus beneficios, pero para renunciar de sus sacrificios. Esta es una hora excepcional del país. Lo hemos recibido en crisis total, y podremos alcanzar la reconstrucción de la República en la medida en que logremos imperar un principio de patriotismo puro y noble que piense en la República y no en simples parcelas. Yo tengo confianza en la civilidad argentina, como en las fuerzas armadas, en las expresiones de la religión, en la universidad, en la cultura y en la juventud argentina.

Confío que el destino será de la democracia: no puede haber otro destino que no sea el destino de la libertad para todos los argentinos. El país no retrocede ni podrá retroceder. Todos debemos estar dispuestos a marchar hacia el progreso, pero en el ámbito de la dignidad humana, del decoro,de la civilización y de la justicia. Nuestro gobierno está dispuesto a convocar a todos los argentinos en esa tarea. Nadie puede renunciar a su deber. Con el esfuerzo común lograremos salvar a la República."



Vicepresidente Carlos Humberto Perette

Diario El Litoral, Lunes 5 de Abril de 1965. Transcripción Correligionario Merlo.

martes, 14 de junio de 2011

Don Hipólito Yrigoyen por Jorge Luís Borges


Razonar esta convicción de yrigoyenista es empresa fácil. Equivale a pensar ante los demás lo que ya ha pensado mi pecho. Yrigoyen es la continuidad argentina. Es el caballero porteño que supo de las vehemencias del alsinismo y de la patriada grande del Parque y que persiste en una casita (lugar que tiene clima de patria, hasta para los que no somos de él), pero es el que mejor se acuerda con profética y esperanzada memoria de nuestro porvenir. Es el caudillo que con autoridad de caudillo ha decretado la muerte inapelable de todo caudillismo; es el presente que, sin desmemoriarse del pasado y honrándose con él se hace porvenir.

Esa voluntad de heroísmo, esa vocación cívica de Yrigoyen, ha sido administrada (válganos aquí la palabra) por una conducta que es lícito calificar de genial. El fácil y hereditario descubrimiento de los políticos era éste: la publicidad, la garrulidad, la franqueza, provoca simpatía.

El de Yrigoyen es el reverso adivinatorio de aquel y es enunciable así: el recatado, el juramentado, el callado, es también simpático. Esa intuición ha bastado para salvarlo de las obligadas exhibiciones callejeras de la política.

Yrigoyen, nobilísimo conspirador del Bien, no ha precisado ofrecernos otro espectáculo que le de su apasionado vivir, dedicado con fidelidad celosa a la Patria.



Jorge Luis Borges, carta a Enrique y Raúl González Tuñon, Buenos Aires, marzo de 1928.Trascripto por Correligionario Merlo del libro "Yrigoyen y la Gran Guerra" de Carlos Goñi Demarchi, José Seala y Germán W. Berraondo.

domingo, 29 de mayo de 2011

Don Amadeo y Don Arturo (Eduardo César Angeloz)



Hubo dos hombres, por sobre todos, que acuñaron limpia e indeleblemente mi formación cívica: Amadeo Sabattini y Arturo Umberto Illia. He releído, mientras ordenaba papeles para la redacción de estas reflexiones, algunos de los discursos y muchos de los textos de sus decretos y leyes, y mi admiración por Don Amadeo no ha hecho sino acrecentarse. Hablar de su honradez es reiterar casi un lugar común. Mencionar su austeridad en el manejo de los dineros públicos es recrear un paradigma. Pero fue mucho más que un gobernante probo. Tenía visiones de un genuino estadista. Es una desdicha que la República Argentina no le haya tenido en la primera magistratura; él, como Lisandro de la Torre, podría haber generado hechos de profunda transformación en la vida nacional. No pudo ser y esta imposibilidad que para uno de esos ejercicios de imaginación de la historia, tan frecuentes en los diálogos políticos: ¿qué habría sucedido si…?
Le faltó, quizás, esa dosis de buena suerte y probablemente un más afinado sentido de la oportunidad. Pero tenía la intuición genial de los grandes. Presento un solo ejemplo: en 1937, fue el primer gobernante argentino (y probablemente uno de los primeros del mundo) que dictó un decreto declarando de interés provincial los yacimientos de uranio y poniendo bajo control del Estado su extracción. Por entonces, el estudio de las posibilidades energéticas y bélicas de este mineral era materia de restringidos círculos científicos de Europa y los Estados Unidos. Él, desde este rincón del planeta, había entrevisto muy nítidamente el papel fundamental que asumiría en el desarrollo de la ciencia y de la técnica de las décadas siguientes.
Tuvo muchas de esas intuiciones. Quede para otro ejercicio de imaginación, para otro ¿Qué habría sucedido si?, una eventual concordancia Perón – Sabattini. Lo que permanece sólido, inmutable, es un aporte a la causa de la democracia, su lección de gobierno progresista, la humildad de su existencia. Para nosotros, los jóvenes que nos aproximamos frecuentemente a él en busca de consejo, constituía cada uno de nuestros encuentros una lección de alta política. Manejaba los tiempos como un consumado ajedrecista; era amable pero también solía tener lapidarias expresiones para con quienes suscitaban su desprecio.
En Arturo Illia no había lugar para la lapidación del adversario; era tanta su grandeza que parecía estar por encima de la miseria de los hombres, aun cuando, en la intimidad, uno podía percibir las desgarraduras de su alma por las claudicaciones de algunos correligionarios o, sobre todo, por el despeñamiento de la patria hacia la decadencia. Tenía una formación sorprendentemente vasta. Era un lector infatigable, y aun en las agotadoras campañas proselitistas, cuando debía recorrer los cuatro puntos cardinales de la provincia afrontando las penurias de los caminos y las incomodidades de los albergues, siempre se daba tiempo para la lectura. Leía y meditaba. Hablaba pausadamente, y lo que aparentemente era un aire adormecido, exteriorizaba otra cosa: el afloramiento de una introspección creativa, densa y cálida a la vez.
Fue de una honradez tan rígida como la de Sabattini, y creo que ha sido el último de los presidentes argentinos que rehusó utilizar el aparato publicitario del Estado. Entendía que el precepto constitucional de la publicidad de los actos de gobierno se cumplía con los mensajes al Congreso Nacional y con el libre acceso de la ciudadanía a los organismos de ejecución de los planes estatales. En éste sentido, ha de recordarse que durante su gestión presidencial se elaboró el mejor de los planes de desarrollo que se hayan concebido nunca en nuestro país. De haberse alcanzado los objetivos en él propuestos otra sería la realidad argentina; muy otra la calidad de vida los argentinos. Pero esto también pertenece al terreno de las conjeturas.
Lo que está más allá y por encima de cualquier suposición es la realidad concreta, vivible, de su trayectoria política, una lección ejemplar. Nosotros, los jóvenes radicales, tuvimos la fortuna de su extraordinaria formación intelectual. Nosotros, los radicales que ya cubrimos la mitad del camino de la vida, tuvimos la fortuna de su extraordinaria experiencia. Formación y experiencia que brindó generosamente, tanto a sus correligionarios como a sus conciudadanos de todo otro signo político. Era su generosidad la expresión social de una amplitud de espíritu, de una limpieza de alma que verdaderamente prolonga en el tiempo aquellas virtudes que Miguel Ángel Cárcano rescató en un pequeño gran libro dedicado al estilo de vida de los grandes políticos argentinos.
Era el temple acerado en un continente suave; la decisión inquebrantable, la integridad sin concesiones que se acrecía en los momentos de duda o debilidad colectivas. Supo ver muy lejos cuando advirtió a quienes clausuraban inicuamente su mandato presidencial que estaban abriendo para el país una etapa de violencia. Y estoy seguro que nunca experimentó complacencia por el hecho de que la historia le diese dramáticamente la razón.

Eduardo César Angeloz.

Extraído del libro “El Tiempo de los Argentinos”, 1987. Trascripción hecha por Correligionario Merlo.

jueves, 24 de marzo de 2011

La búsqueda de la verdad y la Justicia que inspiró nuestra acción (Raúl Ricardo Alfonsín)


La búsqueda de la verdad y la Justicia que inspiró nuestra acción estuvo definida por las siguientes premisas:



1) La violencia que tiño de sangre la década de los años ´70 fue potenciada por un terrorismo de izquierda que, con una visión elitista de la transformación social, no reparó en cometer los más aberrantes delitos en persecución de un programa acción demencial.

2) El combate armado a ese terrorismo de izquierda con el uso de fuerza proporcional a la amenaza inminente estaba moral y jurídicamente justificado, pero no lo estaban de ningún modo el secuestro, la tortura y el asesinato clandestinos. En ningún caso se justificaba acudir a la misma metodología del terrorismo para combatirlo. En definitiva, eran los principios que se alegaba defender los que resultaban vencidos a través de ese accionar.

3) Los actos más atroces cometidos por uno y otro tipo de terrorismo debían ser juzgados por una Justicia independiente y, si así ella lo decidía, penados, no tanto con fines de retribución sino con el objetivo preventivo de que nunca más grupos de individuos con acceso a las armas supusieran que estaban por encima de la ley y pudieran decidir impunemente sobre la vida y la muerte, la integridad física, psíquica y moral de sus semejantes.

4) Como ya lo señalé, ese objetivo debía cumplirse sin arriesgar la estabilidad de las instituciones democráticas, que es la mejor garantía contra la recurrencia de episodios análogos. Ello requería tanto una limitación del tiempo de los procesos como del universo de responsables.

Queda claro, entonces, que todas las iniciativas dirigidas tanto a promover como a limitar los procesamientos y las responsabilidades estuvieron determinadas por los objetivos enunciados de prevenir la repetición de episodios atroces en la medida necesaria para no poner al mismo tiempo en peligro la estabilidad del marco institucional.

Aquellos que critican nuestras iniciativas para limitar el juzgamiento y eventual condena a los responsables adoptan una concepción absolutamente retributiva de la pena, según la cual es un deber moral penar todo delito y, si no se lo hace, se comete una injusticia tal que no puede ser compensada por ningún otro beneficio social.

Para quienes, por el contrario, sostenemos que esta concepción de la pena es difícil de justificar desde un punto de vista racional: las prácticas punitivas se justifican moralmente en tanto y en cuanto sean eficaces para prevenir que la sociedad sufra males mayores.

Nuestro sentido común parece apoyar posiciones que tengan tanto en cuenta la vinculación entre el hecho criminal en sí mismo cometido por el agente con discernimiento y voluntad y el merecimiento de la pena, por un lado, así como las consecuencias sociales de aplicar esa pena, por el otro.

Sería irracional imponer un castigo cuando las consecuencias de esa imposición, lejos de prevenir futuros delitos, podrían promoverlos o causar perjuicios sociales mayores que los que ha causado el propio delito o su no punición.

La pena es en última instancia un instrumento, no el único ni el más importante, de formación de la conciencia moral colectiva.

Tanto la revelación de la verdad por medios fidedignos, como lo es un proceso judicial imparcial, como la condena moral sirven, al igual que la imposición de penas, para que se internalice a través de la reflexión pública cuáles son los límites de las conductas que la sociedad está dispuesta a aceptar. Por supuesto que para ello las leyes que prevén las penas a aplicar deben ser legítimas y no parece haber otra fuente de legitimidad que la que surge de la discusión y decisión democráticas, que aseguran la imparcialidad determinada por la consideración igualitaria de todos los intereses y opiniones en conflicto.

Otro punto de vista, consiste en sostener que, dado que la responsabilidad por este tipo de hechos está tan extendida, ya que comprende no sólo a los miembros de los grupos terroristas sino también a toda la sociedad que incitó, encubrió o simplemente silenció los hechos en cuestión, ella finalmente se diluye. Aunque es obvio que no todos fueron responsables, y aun entre quienes sí lo fueron, existen distintos grados de responsabilidad.

Pero las teorías no meramente retributivas de la justificación de la pena admiten que se renuncie a penar a responsables de acuerdo a consideraciones como las consecuencias para la sociedad. Es importante señalar que esa renuncia no se hace en reconocimiento del presunto derecho de la persona beneficiada por ella, y en consecuencia no hay una exigencia de igualdad de extender a todos quienes se encuentran en la misma situación.

Las medidas adoptadas tanto para permitir, impulsar y circunscribir el juzgamiento y eventual condena de las aberrantes violaciones a los derechos humanos no estuvieron inspiradas ni por un resentimiento o espíritu de venganza ni por un juicio complaciente, sino por el firme propósito de afianzar la vigencia de los principios éticos que constituyen el fundamento del Estado de Derecho y del sistema democrático.



Extraído del capítulo “derechos humanos” del libro “Democracia y Consenso” de Raúl Alfonsín, marzo de 1996. Trascripción Correligionario Merlo.

Acerca de la Violencia - (Sergio Karakachoff)


"El propio Presidente de la Nación sostuvo hace pocos días en Puerto Iguazú, en el confín de la República, que en Argentina rigen plenamente los Derechos Humanos, denunció también una campaña de difamación contra nuestro país en el exterior.

Cabe frente a esto preguntarse: ¿Quiénes difaman? ¿Los que matan o los que denuncian las muertes?

La preocupación del General Videla es loable, pero requeriría un mayor empeño –y no decimos que no lo haya, pero es obviamente insuficiente- para aprehender a los culpables del desprestigio internacional del país y de la conculcación evidente de los Derechos Humanos.

La necesidad de frenar el deterioro de la confianza ciudadana mediante una firme conducción, que devuelva al Estado la plenitud de los atributos que lo caracterizan, ha sido reiterada desde diversos medios de opinión. Y ninguno de ellos puede siquiera ser sospechado de concomitancia política o ideológica con la otra forma de terrorismo.

Esta coincidencia de criterios surge de la atenta lectura de sendos discursos del Presidente, 30 de marzo ("sólo el Estado habrá de monopolizar el uso de la fuerza"); del comandante de Aeronáutica, Brigadier Agosti ("que el monopolio de la fuerza sea ejercido por el Estado y puesto al servicio de los intereses permanentes de la Nación") y –en definitiva- del jefe supremo de la Marina de Guerra, que en posterior declaración hizo suyos los conceptos del titular de la Aeronáutica.

Todos de acuerdo en los conceptos. Falta que las acciones se encaminen a la concreción de los mismos. Es el clamor popular. Es la única salida. Caso contrario nadie tiene derecho a quejarse de pretendidas campañas difamatorias.

Por otra parte, la falta de difusión de diversos hechos –y los nombres que no se han dado de los muertos de Pilar son unas entre tantas omisiones- pone una sombra de dudas sobre el real propósito del gobierno de terminar con esta lacra. ¿Por qué no se publican estos datos?

¿A quién se beneficia con el silencio? Sería bueno que el Presidente de la Nación dedicara aunque más no fuera, breves conceptos a responder estas acuciantes preguntas. Los ex legisladores de la UCR han aparecido. En un confuso episodio se los rescata por parte del Gobierno, de manos de delincuentes a los doctores Solari Yrigoyen y Amaya. Y como corolario de este lamentable episodio, ambos son arrestados y puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional.

¿Quién los tuvo? ¿Para qué los tiene ahora? ¿No los rescataron de manos de delincuentes? Esperamos también una respuesta a esto.

El secuestro de los ex legisladores de la UCR, Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Aabel Amaya, juntamente con la aparición de 30 cadáveres dinamitados en la localidad de Pilar, a pocos kilómetros de la sede del Gobierno Nacional, han sido los picos fundamentales de la escalada terrorista de los últimos años.

Pero hay otro que nunca ha tenido baja alguna, ni mucho menos aún, siquiera un apresado o detenido. Y no cabe duda que este terrorismo hace más daños al país que el otro, el definido y perseguido. Porque aquél –el que secuestra a los legisladores radicales, entre otras muchas personas-, es el que siembra la duda sobre la real acción de las Fuerzas Armadas y de Seguridad a favor del orden y la paz perturbadas.

Recientemente, el Episcopado Argentino se ha reunido, con la presencia del representante papal, para pedirle el esclarecimiento de los hechos que también han costado la vida de varios sacerdotes en Buenos Aires y La Rioja, y también para manifestar todos los hechos similares ocurridos en el país."



* Artículo redactado por Sergio días antes de ser asesinado, y publicado en el N° 2 de "La Causa".

miércoles, 23 de marzo de 2011

...y don Marcelo cruzó la planchada, grave el gesto, altiva su mirada y solemne todo él (Mario M. Guido)


De pronto, como a las 10, corrió una orden:”todo el mundo listo en diez minutos, para trasladarse al Golondrina”. La repetían los mozos de a bordo, y algunos comedidos. ¡Cómo! ¡Diez minutos! ¿qué es eso? ¿Estaban militarizados? ¿Nos manejaban como a tropa? Alvear, que iba o salía del baño, oyó eso o se lo dijeron; el caso es que lanzó una violenta y sonante protesta a base de unos carazos que hacían crepitar los pasillos. Lo cierto es que empezábamos a sentir el despotismo del lenguaje militar. El Golondrina se apareó al Artigas, nos acercamos todos a la planchada que se improvisó, y empezamos el trasbordo, valija en mano y por orden de llamada. Un oficial de la Armada, cantaba los nombres de una lista. Era el recibo de los “presos”. Amontonados en el avisito éramos 98; empezamos a vislumbrar el porvenir. ¡A la isla! Vieja conocida del radicalismo que albergó durante la dictadura a Yrigoyen, 18 meses; y a Alvear y Güemes, cuatro meses y medio. ¿Habría lugar para tantos, ahora? Entre conjeturas y preguntas, despegó el Golondrina y puso rumbo, dando una larga vuelta, al muellecito de acceso. Pasadas las doce, atracábamos. El señor jefe de la Isla, no está en el muelle. Decididamente, no nos ha considerado muy ilustres. Hay un teniente de navío, que dicen que es el 2º jefe. Un camión con marineros armados a máuser con bayoneta calada y dos camioncitos vacíos. Empieza otra vez la entrega y recibo de los “presos”; desde tierra nos llaman por lista. Parte el primer camión con quince, detrás el camión armado y por último el tercer camión con las valijas. Quedamos esperando largo rato, coligiendo que el alojamiento debía estar lejos de la costa. Alguien averiguó que en la noche habían llegado de Buenos Aires “comodidades” para ciento cincuenta y que toda la noche se había trabajado en la preparación de nuestro alojamiento. Todos nos preguntamos si a Alvear también lo conducirían en el crujiente camioncito. No podíamos admitir que se guardara tan poca distinción a un ex presidente. Pronto salimos de la duda. En la tercera tanda gritó el oficial: ¡Marcelo T. de Alvear!, y don Marcelo cruzó la planchada, grave el gesto, altiva su mirada y solemne todo él, como enfrentando la grosera humillación en silenciosa pero altanera protesta. Todos le aplaudimos hasta que llegó al camión. Y en silencio recogido, le vimos apoyar su bastón contra una tabla o banco, abordar con cierta dificultad el carromato, rechazando a los que, ya adentro, hacían ademán de ayudarle.



Mario M. Guido, extractado de su libro “Memorias (1935 - inédito). Trascripción Correligionario Merlo.
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